Peloduro

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Por acá los autos pasan rápido. Las palomas, los perros, se mueven con cansancio como si estuvieran encadenados. Los coches despegan como cohetes, se alejan de las calles inhóspitas con miedo. Estar acá es un peligro. Estar a la merced de las esquinas con olor a porro y cadáveres de botellas es un suicidio. Para mí, el peligro se volvió natural. Oculto mis rulos bajo una capa de tela para que no peleen contra el viento, contra la gente, contra las ideas. No están hechos para respirar cerca de nadie. No están hechos para moverse en mi cabeza libremente. Cuando están al descubierto me exponen. Acá estoy, moviendo mis pestañas como una marica y dejando que el viento penetre mi pelo. Dejo que cada ápice de mis mechones moldeen mi cara y la vuelvan una presa fácil. Oculto las ondas de mi cabello, mi onda, mis deseos, mi libido expuesta con un corte de pelo. Soy una monja que borra los vestigios de sus pecados cuando entra a misa. Entro a la calle y debo lucir impoluto, uniforme. Entro a la calle caminando con pasos de hombre, etéreo, delicado, con suavidad, no puedo. La belleza de mis gestos está prohibida.
Me duele mi pelo. Me duele atarlo y ocultarlo. Lo oculto en el closet que lo encierra a modo de cárcel de alguna época decimonónica, destructiva. Cuando acarician mi cara con una suavidad insólita me conmueven. Me rozan con cariño y benignidad. Me tocan sin maldad, sin dobles intenciones. Solo quieren acompañar mi rostro como lo hacen en cada foto que me saco con tranquilidad encerrado y protegido. En mi habitación, mi casa, mi patio, estoy a salvo. En mi baño, mis sábanas, mis sillas, mi cuerpo y mi pelo gozan de libertad sexual, ideológica. Dentro de mi teléfono los someto a la prueba final. Cuando los demás me ven desde sus pantallas alevosas y me ponen una nota del uno al diez me entrego, me debilito, les doy el poder de jugar conmigo. Soy el vello que remueven de sus cejas si estorbo y el que conservan si me aman.
El mechón se escapa y vuela durante un microsegundo atroz. Lo han visto. Pudieron atestiguar el defecto en mi cabeza. Me protejo con ademanes masculinos. Me gustaría relatar la aventura de una marica gladiadora. Pero el destino siempre es fatal para cualquiera de nosotras.
Me acaricio para recibir el amor que el mundo me negó. Me masturbo, simbolizo la opresión como una poronga poderosa, me culpo, me excito, me caliento, vuelvo a pensar, me distraigo, quiero seguir, concentrate, no es momento para reflexionar, sentí, soñá, tocate un poco más, fantaseá con la posibilidad de que esto no es dañino, tormentoso incluso para tu esfínter. Qué deliciosa es la maldad. Cada gota de veneno es como una pizca de esencia de vainilla. Soy un esclavo de mis propias tentaciones prohibidas por mi amor a la independencia. Me choco contra mis creencias cuando recorro mi cuerpo y cuando dejo que lo desgarren con caricias impetuosas. En mi cabeza cada contacto importa. En mi celular, tristemente, también. En mi cabeza me vuelvo débil y aún así mi cuerpo se acelera. Estoy condenado a la contradicción. Mientras mi cuerpo eyacula mi mente hace equilibrio para no caerse de la cuerda floja de mis convicciones.
En la calle, acá, de nuevo, respiro con dificultad. En nuestra respiración se puede oler el miedo y el sabor a semen. En nuestra boca, el perfume del labial y la baranda de las palabras censuradas. En nuestros ojos, los delineadores suntuosos de algunas, los que conseguimos como podemos de otras, las lágrimas de impotencia de todas. Las maricas olemos a miedo y a elegancia. Nos movemos como actrices de teatro y hablamos con la terrible mezcla de temor y convicción. Sabemos que nuestras voces agudas son una mosca que molesta y se quiere eliminar. Caminar para nosotras es atravesar una pasarela de arena movediza. Pero seguimos, resistimos, sonreímos, conservamos la elegancia en medio de la catástrofe. Incluso inertes hay algo en nuestro talante que denota nuestra belleza pírrica.
Estamos orgullosas de nuestros logros. Somos las videntes más ciegas de todas. Esta libertad cuesta. Cantar, bailar, actuar, hablar, modelar, existir. Todo está sometido a dos exámenes. Hay que ser eximia para que nos tomen en cuenta. De lo contrario nos devuelven al hormiguero pop del que todas provenimos. A veces despertamos de la hipnosis y pegamos patadas y gritos certeros. A veces solo formamos parte de la comedia creyendo que somos las protagonistas.
Mi pelo me da epifanías oblicuas. Me hace navegar por mi falo y mi mente. Atravieso el océano de ideas y fantasías desnudo, tocando cada gota que se siente como un cachetazo. La orilla, firme y rígida, está lejos. Cuando veo que no puedo escapar de la marea simplemente sucumbo. Me ahogo y a veces refloto. Me dejo llevar y otras veces lucho para establecer mi dirección. Río a carcajadas sintiendo como el agua atraganta mi garganta endeble, mis ideas víctimas de mi negligencia. Me divierto. Escapo de allí apenas puedo y vuelvo a la calle. Es hora de hacer lo mismo pero en el mundo real.

 

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Tatuaje Carnal

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Mientras conversamos a mi alrededor hay una exposición, una selva de anuncios. Cuando miro cómo habla, también hay en cada vestigio de sus palabras algo de iniquidad. Pero me distraigo porque quiero escuchar lo que dice. Me concentro, entonces, pero no puedo. En su remera está el nombre de sus padres empresariales. En su pelo, los vestigios del tacto de sus propios dedos bañados en shampoo de precio estándar. De la cintura para abajo, le rinde pleitesía a la etiqueta de su short. Sus inocentes y bellas zapatillas dejaron tatuada su piel mientras él se recostaba en el pasto.

Ahora hasta el pasto es cómplice de esta educación implícita. Ya no hace falta adentrarse en el estómago de los locales para ofrecer nuestro cuerpo como tributo a nuestros dioses comerciales. No los vemos ni los conocemos. Sin embargo sus premisas, sus símbolos icónicos se instalan en su cabeza con la potencia y la sagacidad de un virus virtual. He llegado a la cúspide de la banalidad. Solo puedo hablar utilizando las herramientas lingüísticas anodinas de la modernidad para ser comprendido. Cuando lo miro con extrañeza porque su tatuaje carnal me espanta, él me toma por exagerado. Querido, tu piel y tu mente fueron vejadas en contra de tu voluntad y no aprendés ni siquiera la palabra que significa tal atrocidad para defenderte. Tu porvenir me preocupa porque somos hormigas que trabajamos juntas. Nos matan pisoteandonos con desinterés, juntas. Cuando te movés, tus parpadeos naturales se ven opacados por la bandera en tu remera. Indica la patria a la que pertenece tu billetera, que es tu cuerpo, y tu tarjeta, que es tu alma. La entregaste como quien acuerda con el diablo un pacto irrompible y perenne. En tu mente tus sueños y tus ideas son aplastados por la presencia de tus responsabilidades pecuniarias. Me aburren las responsabilidades. Me gustaría deshacerme de la obligación de hablar sobre lo que no nos importa. Pero acá estamos escuchando silenciosamente las canciones que gobiernan nuestros oídos.

Y tu cuerpo tiene otros ornamentos. Compartimos el fetiche ominoso por el cigarrillo. Cuando fumo soy grácil en mis movimientos. Podés verme desde cualquier ángulo con la elegancia de una bailarina clásica vestida de estudiante. Mientras escucho tu voz intento descifrar tu procedencia. Hablás con un tono grave similar al sonido de los truenos. Hablas con musicalidad. El encanto que provocas en los demás con tu guitarra se transportó hasta tu voz. De pronto la irrupción de los truenos ya no parece tan atemorizante. Hay una mezcla de pavor y lujuria dentro mío. Sos la tormenta de la que debo protegerme mientras me encuentro inmerso, vulnerable en ella.

Él camina y habla como un músico. Está vestido como un porteño ni acaudalado ni precario. Cuando en la funda que te envuelve como a un celular no hay sugerencias me tranquilizo. Es entrañable observarte vestido por tus propios cabellos. Sus pestañas, su barba, los pelos de su nariz, decoran su talante y su mirada perdida, errante. Sus brazos, sus piernas, están poblados de pasto capilar. Todo es parsimonia hasta que empieza la canción que sale de su boca. La tormenta era tan solo llovizna. Pero él se mueve, respira, piensa y habla. Mi protección es tan frágil frente a sus defectos. Mi paraguas es arrastrado por el Pampero de su respiración.

En el pasto seguimos conversando. Ahora somos otros, interpretamos otro acto en la tragicomedia cotidiana. Solo puedo reír ante tu comentario intempestivo. El humor no es tu fuerte. Para desterrar al silencio logro parir una carcajada estridente. Me miras con complicidad. Es la última vez, me digo. Después te encuentro desparramado por acá, en medio de letras y reglas ortográficas que no van con vos. Comprendo que la última vez está lejos.

Cuando nos transportamos hacia otro escenario todo vuelve a cambiar. El vestuario, por la noche, debe ser excéntrico y llamativo. Llego al bar para encontrar el gueto homosexual porteño. Allí donde todas las maricas nos maquillamos, nos miramos, nos sonreímos jesuíticamente, nos volteamos y nos relajamos. El guión ya fue enunciado. Ya nos dijimos hola belleza, linda, divina, mostra, me encanta tu pelo, tus zapatos y hasta tus mocos. Te busco en medio de la manada de máscaras. En el laberinto del glamour con olor a alcohol y cigarrillos descubro tesoros y clichés. Somos todas una sola. En sus rostros el brillo del glitter me pone somnoliento. Los anteojos que decoran sus ojos me sorprenden, todas usamos los mismos. Hay gorras rosas, camperas de jean, celulares inseminados con la canción del momento que nos pone automáticamente a la moda. Todas, juntas, ciegas devotas del reino de la música. Veo la forma en la que recorremos con nuestros pasos los estribillos potentes y satinados. Veo cómo las voces femeninas despiertan en nosotras la rebeldía sedada por el miedo. Nos veo alegres, dichosas, divinas, libres, pero libres dentro de nuestros palacios pagos de Capital, libres como búhos solo por la noche, libres y atadas a la banalidad casquivana.

La tertulia nocturna ya empezó y te busco a vos, a tu tatuaje que me asusta. Te veo, te saludo, desinteresado, obvio, qué anecdótico encontrarte por acá, cómo andás, sí, qué aburrido, obvio, voy al baño. Otra vez el museo de tu presencia cobra una entrada demasiado cara para mi sensibilidad. Mientras critico a mis hermanas porque me critico a mí misma, tengo que lidiar con el piso resbaladizo en donde te encontrás vos y tu elocuencia.

Otra vez tu ropa nubla el cielo de tu esencia horriblemente. Y ya no estamos solos. La intimidad entre nosotros se marchitó y nos parece normal. Mientras me esfuerzo por seducir tu atención, dejás que se distraiga junto con tus ojos. No me miras. De vez en cuando levantas la vista. Y las notificaciones llegan. Relampaguitos molestos que me sobresaltan. Atropellan mis palabras y hacen que me tropiece. Pim-pim. Otra vez bajas la cabeza y tu atención se aleja burlándose de mis anacronismos.

Tu tatuaje sigue allí, hablando por tu piel. Veo en ella el símbolo exacto que ya todos conocemos.

Hay que interactuar en el bar, en el pasto, en todos lados. Acá estamos, la noche es nuestra terapeuta. Acá todos llegan con la convicción de que los problemas son cosa del pasado, aunque sean de ayer o de hace algunas pocas horas. Hay que adaptarse a la apariencia parsimoniosa del ritual.

Mis hermanas lucen sus atuendos más caros y llamativos. Las miro desde el otro lado de la provincia. Lejos de la tranquilidad de la noche de Palermo. No puedo imaginarnos así de feminizadas en las calles del Conurbano. Incluso en mi mente la resolución es fatal. Me pongo feliz por ellas, encuentran acá la comodidad que nos amputaron desde chiquitas. Cuando pienso en las otras que bailan secretamente encerradas en los baños, cuartos y vericuetos de sus casas, me pienso a mí misma. Me veo cruzando la calle bajo la mirada de los capitanes de la calle, del barrio, del mundo. Me veo ocultando la iconoclasia de mi pelo y mis gestos para no ser una presa fácil para los depredadores. Allá la vida de la marica es la de un ciervo asediado por los cazadores. Acá, protegidas y delimitadas, estamos en el zoológico. Por lo menos el carnaval nocturno, refulgente y estruendoso, hace que escapemos del miedo. Hasta que el sol anuncia el comienzo de la pantomima. Nos cambiamos, nos acomodamos el pelo, la ropa, las pestañas, nos despedimos del labial, el delineador se transforma en un ex chongo recurrente, el glitter se desintegra y dejamos vestigios como de polvo de hada en el camino mientras nos retiramos para cumplir con nuestro deber. Hay algo en la clandestinidad que vuelve todo atractivo hasta que comprendemos el porqué del aislamiento.

Él está obnubilado y reacciona a cada sonido que desprende su celular. Es un cachorro entrenado. Frente al estímulo, responde. Está enamorado de los botones, la pantalla, de la cámara con la que registra hasta cada latido de su corazón comprado. Me duele ver su cuerpo cargado de sinsentido. Me espantan sus manos expertas en el coito musical y subyugadas frente a la nimiedad virtual. Querido, estamos olvidándonos de existir. Estamos pensando en la inmediatez mientras sucede sin que nos demos cuenta. Estamos dejando que nuestros propios cuerpos sean movidos como fichas de ajedrez. Somos las colillas de cigarrillos que se desechan ni bien son consumidas. Llevás la marca que indica la victoria del enemigo en tu propia piel. Allí se dibuja exactamente la representación de su iniquidad, de su intención. Y a vos esa marca sólo te duele físicamente. Siempre que yo la vislumbro comprendo que estamos cada vez más indefensos.

Muerte y exilio

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Él muere cada vez que desliza sus dedos con lentitud para eternizar tu imagen. Qué te vuelve tan inasible, tan adictivo. Se lo pregunta mientras acaricia su pelo buscando tus huellas digitales violentas. Se lo arranca imitando tus movimientos dionisíacos. Se toca pensando en las caras de otros para no sentir el yugo de tu sensualidad. Canta las canciones que compartieron juntos con odio y melancolía. Llueve dentro suyo mientras te busca en cada gota inexpugnable.
Él mira tu perfil, toca tus fotos creyendo que te atraviesa. Te añora como añora la inocencia de la infancia. Cuando las preocupaciones eran solo la televisión, la tarea de la escuela. Problemas cautivadores que generás. Cierra sus ojos con fuerza y piensa en sus libros, su comida, sus cigarrillos. Aparecés con alevosía en cada epifanía, en cada ademán, en cada peinado que se hace frente al espejo. Lo condenás a una existencia solitaria.
Prefiere masturbarse y no pensar. Prefiere reír mientras atestigua la exposición de memes antes de darte el poder de existir incluso en sus fantasías. Quiere huir de tu filisteismo cautivante. Pero no le importa cómo sucumbís frente a tu celular, como amás solamente porque estás aburrido, cómo lo tocás con desinterés, él solo quiere saber que lo querés. Es simple, arriesgado, pírrico. Compartir el sentimiento es imposible. Mientras comés en tu casa tranquilo y publicás imágenes compartiendo tu indignación política, tu alegría banal, él te recuerda con una tristeza patética. Toma las fotos para construir una historia quimérica. Sueña con encontrarte en un sueño. Sueña con un vestido de novia punk, iconoclasta. Solo puede agradecerte por tu amor en sus fantasías. Cuando tu presencia rompe su tranquilidad lo único que puede hacer es pensar en lo que escribirá sobre tus uñas.
Él te habla desde su cama. Toca su almohada y la abraza fingiendo que hay algo tuyo en ella. La penetra con cuidado y circunspección. Deja que lo penetre. Se evalúa y comprende que es ridículo. Pero no se detiene. Lo has dejado así, solo, paranoico, extenuado. Amar es un deporte extremo. Su corazón no tiene la misma elongación que tienen sus piernas. Revolear así como así sus órganos lo deja vejado, perdido, errante.
Él llora ridículamente frente a su pantalla. Recorre sus aplicaciones con ímpetu para escapar. Pero está atrapado allí, en la galería de su teléfono. Entra y sale de su epistolario moderno con furia. Borró tu voz de los archivos. No quiere experimentar la subyugación otra vez. No se atreve ni siquiera a presionar el botón que indica que tu foto lo embelesó. Cuando comprende que no te conoció, se mira al espejo con rigor. Se reprocha, que iluso, qué repetitivo. No era tan difícil. Pero algunos lobos besan y desarman. Cayó en la trampa. Como una cucaracha sórdida e intrépida trepó por encima de toda tu fraseología y elocución. Al intentar acercarse al lugar más dulce y fragante de todos, fue aplastada. Resistente y estoica, revive, de a poco, levantando cada patita con dolor y esfuerzo. Reparando cada ala casi amputada. Recuperando las antenas que solo podían enfocarse en las notificaciones. Mensajes que provenían de tus dedos, tentadores y profesionales. Saber que tus manos se encargaron de componer un mensaje lo cautiva patéticamente.
La ciclotimia lo domina. Es imposible evitarla. Cómo escapar de ella si cuando toca un botón aparece un chiste que lo descoloca. Su error fue común, le creyó a las películas pornográficas, a los discursos que Barthes intentó destruir, al orden irreal de las ilusiones. Se había olvidado de sus ideas, sus libros, sus propias palabras. Se atragantaba con las tuyas para recibir cada vez más dosis de tu espíritu. Otra adicción que lo matará.
Él piensa en cómo lo mirabas en el bar. En como te acercaste a él con ligereza y en como te enseñó a bailar como una marica incluso cuando él mismo no lo tenía claro. Su objetivo lo era: tu voz. Tu pelo repleto de desdén estético. Allí estabas, disfrutando de la ilusión nocturna de la felicidad. Te llevó afuera para hablar mejor, porque la música fuerte y la conversación estúpida que conlleva lo cohíben. Te hizo reír, dudar, hablar, confesarte. Te hizo escucharlo. Fuiste su terapeuta porque nunca pudo pagar uno. Además de tu labor pseudomedica, hacías que esa marica sintiera cómo la deseabas cada vez que parpadeabas. Y por eso reía tanto. Y por eso te miraba tanto. No habías sido tan gracioso, galante, casanova, como creíste. Solo despertaste su vanidad. Pero fuiste pillo y guacho. Sabías que no podrías soportarla. Por ello mismo te exiliaste antes de la catástrofe en el país de sus delirios.

Final

El olor de los cigarrillos se apoderó de mis manos. Huelo a cigarrillos y a pantalla de celular. Me olfateo y encuentro la cautivante fetidez de los libros vetustos y usados que compro en la calle. No hay desesperación en mi aroma, solo un ápice de inquietud. Ansío su compañía. Extraño el amor implícito que solo se apersona de vez en cuando. Pocos logran otorgar una compañía benigna. Ansío sus gráciles movimientos, su voz aguda y potente. Él eleva la compañía hacía su punto álgido. La compañía con él es la fatal y adictiva cercanía a la mera existencia.
El chofer de Uber, otra compañía. El marco de sus anteojos no encaja con su rostro. Tus rasgos faciales están opacados por tu indiferencia estética. Su virilidad no le permite ocuparse de su aspecto. Él obedece las reglas del juego. Respeta su destino prolijamente, excepto cuando habla. Chofer, por qué tastabillas si tu filosofía familiar es perfecta y tu hija de tan solo veintiún años, ya encarcelada en un matrimonio, te enaltece cómo a un Dios. Siento que mentís. Miro por la ventana de tu camioneta para que tu mirada no me contagie tu hipocresía. El gps que utiliza es ruidoso. Su garganta cuando no sabe cómo continuar hablando sobre su utópico hogar, también. Hogar. Enfatizó en esa palabra reiteradamente. “Una casa tiene cualquiera… pero un hogar, pocos”. Los mendigos, los cadáveres pedigüeños que yacen en las calles te envidian. Las ratas, cucarachas, perros y dientes de león que ansían la comodidad de un techo mueren escuchando tus declaraciones. Tu camioneta es tan cómoda que tu mente no puede escapar de ella. Está atrapada deliberadamente.
“Un hombre siempre tiene más poder físico frente a una m….” comienzo a decir. Sos fiel a la generación de padres a la que perteneces y me interrumpís. Soy demasiado joven para un criterio independiente. Demasiado naif para alguien con una camioneta último modelo. Demasiado vago para un trabajador, “jefe de familia”, afirmás. Río quedamente. Me recordas a tantos viejos villanos. Mi voz particularmente aguda y mi juventud hacen de mí un enemigo moderno para vos. Lo sé. Toco mi pelo delicadamente mientras te hablo. Elevo el cliché de la homosexualidad cuando te hablo para probar tu paciencia de jefe de familia. No podés matarme, gritarme, o agredirme. Mi puntuación debe ser benigna para que puedas seguir llevando y trayendo personas a sus casas, hogares, chozas, mansiones o condominios. Ahora me respetás. Me figuro caminando por la calle con un rouge oscuro que decore mis labios y un pantalón de mujer que acentúe mi disidencia. Resarías instantáneamente al verme.
Estás convencido de tu invisible felicidad. Despertas en tu hogar tranquilo porque tu hija está casada y tu esposa te dice que te quiere. Caminás hacia tu suntuosa camioneta y todo va bien. Disfrutas del puntilloso patio que posees en tu casa, perdón, hogar. Olvidaste la llave adentro, el desconcierto del olvido te perturba por un segundo. La tranquilidad vuelve cuando dirigís tu mirada hacia la fachada de tu ca… hogar. Entrás por la puerta sin hacer ruido. Un gesto sigiloso pero omnipotente. Tu esposa se sorprende. Debe soportar tu presencia durante los minutos en los que logres encontrar la llave. Dejame descansar, querido. Mientras te vas imagino que mi vida es diferente. En sus facciones hay un sutil mueca de sorpresa. ¿Todo va bien? Los ruidos inesperados siempre nos sobresaltan. Prestá atención, sos el hombre de la casa. Es una mezcla de risas, golpes, música y amor. Te preguntas por qué esto sucede cuando tu casa cree que no estás. Ella todavía no llegó a avisarle a los muebles y a las paredes que has vuelto. Continuas mirando el color del suelo, reniega por tus pasos de jefe de la manada. Tu respiración nos agota. La televisión pareciera sonar más alto para no escuchar ningún monosílabo que salga de tu boca. Ella no te mira. Los sillones ignoran la existencia de tu anatomía.
El cuarto de tu hijo hace ruido. Por qué tu hogar hace semejante escándalo si vos no diste tu beneplácito. Algo anda mal. El control absoluto es así, efímero e irreal. Ella está cansada de fingir, ya no quiere mirarte. Cuando ves sus dedos que sostienen un cigarrillo desdeñosamente te sorprendes. Después de averiguar qué sucede en el cuarto de al lado le preguntarás la razón con alevosía de general. Pasmado has quedado, chofer. No podés dar vuelta tu cabeza. La escena y los actores que se encuentran en la habitación te generó impotencia. En tu hogar. Tu universo utópico se convirtió en un una pesadilla inusitada.
Grito. No por tu presencia. Hay algo en los movimientos de tu hijo que me desinhibe. Sus ojos son distintos a los tuyos. Cuando me observa no veo mentiras en su mirada. Cuando ase mi mano lo hace con fuerza, con convicción. Hay mucho ruido en tu mente. La cama no contribuye a tu recuperación, es demasiado ruidosa también. Mi presencia es estruendosa. Nuestra líbido se ha vuelto sonora. Continuas viendo para creerlo. No tenés problema con ello, supongo. Tu hogar acepta la herejía pero vos no estabas enterado. Hay una realidad por detrás de tus convicciones.
Cuando él me dice las expresiones más sórdidas para eyacular somos un tornado de sexo y algarabía. Creo que te espanta ver cómo te equivocabas con respecto al final del cuento de hadas. Hay suciedad mezclada con homosexualidad en todas las paredes. Ahora que la imágen de tu hijo es nefasta necesitarás otra dosis de mentiras universales para volver a estar tranquilo. Tranquilo, como nosotros. Fumamos desnudos en la clandestinidad mientras reímos de la ingenuidad. Vos reís para no llorar. Nosotros porque conocemos el lado realista de las entelequias.

Santiago corre

Te observo mientras jugás fútbol, Santiago. Tu masculinidad implacable que no quiere demostrar sensibilidad me cohíbe. Te veo y suspiro. En cada respiración que efectúo mientras mis ojos te miran se esconde la lujuria que no me atrevo a confesar. Santiago, corrés y tus piernas delgadas te siguen y me cautivan. Son tu sostén, tu herramienta para hacer goles en el arco de mi mente. Tenés que simular fortaleza y seriedad, no se te permite sentir, porque serías un putito. Tenés que sonreír frente a determinados estímulos, como las palabras de tu novia o los triunfos de la selección. No sonreís cuando me ves, te asusta. En los efímeros momentos en los que cruzamos una mirada imagino tus manos tocando las mías. Vos no podés ni siquiera pensarlo, ni siquiera imaginarlo. Santiago corre mientras juega y de paso escapa de todo deseo heterodoxo. Santiago, solamente te arriesgás cuando tenés que sacarle la pelota a otro jugador. Tenés un semblante magnífico para sonreír sin obligación, querido. No lo hacés. Todo te asusta porque todo desafía a tu virilidad.
Corre, Santi, te sacaron la pelota. Hacés una mueca de bronca y de desilusión. No pudiste evitar que te humillaran en el segundo en el que otro se adueñó de la pelota. No te gusta ser menospreciado, te encanta demostrar tus habilidades. Siento que cada uno de tus gestos son sólo míos. Me equivoco. No me detectas. No me duele. Me provoca la imposibilidad de nuestro idilio. Somos de mundos tan distintos y te veo todos los días, que me parece absurdo. No te hablo, Santi, porque tan solo una palabra pronunciada bastaría para que te dieses cuenta de mi desesperación. Ni si quiera tengo que mirarte para desearte. Me basta imaginarte libre para transformarte en una versión mejorada. No vas a cambiar, lo dudo. Pero vas a permanecer en mis fantasías, en donde jugás a la pelota obnubilado en tus estrategias pero también atravesado por mi existencia.
Dejame creer que me deseas por lo menos, Santi, mientras corrés huyendo de mis sueños y los tuyos. Te deseo en cada parpadeo que realizas. A medida que yo parpadeo te quiero dentro mío aún más. Cada segundo que pasa solamente sirve para que repare en que lo que pido es imposible.
Sueño con tus omóplatos que son más grandes que tu conciencia. Con tus ojos que son chiquitos y poderosos, como una minoría. Con tu nariz que admiro desde cada ángulo posible. Con tu boca que solo puedo ver de lejos. Especulo acerca de su sabor, pero debe tratarse del más inicuo de todos. Porque sos inicuo, vil, y ominoso. Quererte solamente me hace miserable y delirante. Debería exterminarte de mi mente pero los delicados dedos de tus manos se aferran a mi corazón simbólicamente.
Me volvés inútil, Santiago. Desvío mis pensamientos hacia tu espalda ligeramente encorvada para distraerme de la monotonía de las clases de matemáticas. No reparo en tu mente monocorde, sí en tu cuerpo lleno de divertimentos.
Me volveré lascivo, Santiago, anhelando cada parte de tu anatomía. Como no puedo explorarla me conformo con un retrato que no te favorece, el que escribo. No sos perfecto, solamente tenés una belleza perfecta. El resto es mediocridad. El resto para vos soy yo. Lo inocuo, lo irrelevante.
No me detectas y me encanta. Creo detectar cada una de tus características y me exaspera. ¿Mereces tanta atención? ¿Tu belleza vale la pena? ¿Por qué escribo sobre vos si eso no cambiará nada? Creo que quiero conservarte, como un cuaderno de la primaria. Quiero conservar el deseo inefable que siento por vos. Es lo único que me conecta con tu corazón inalcanzable.

La perspectiva

“Es orgullo” repiten dos transeúntes en el vagón que comparto con ellos. Comparto sus conversaciones, sus reflexiones, sus secretos. Me entero de las emociones de dos hombres reservados sin que lo sepan. O sí, pero no les importa. Sus voces no tienen rostro, suenan detrás de mi asiento. Son anónimas como la voz de un narrador. Tan graves y cohibidas, aterradas de desviarse del patrón que deben seguir, que les tocó seguir. Ellos buscan su realización en una fábrica de sueños. Quieren obtenerla imitando y sufriendo, repitiendo errores que son inequívocos.
“Si esto ya le pasó antes, ¿por qué no aprende” dice el otro. No entiende. No se pregunta lo mismo. Él habla de los demás desde el dolor, pero sus juicios siguen siendo pobres y arbitrarios. “Pudimos haber formado una familia” fábrica de sueños, shopping de ilusiones. La realización está agonizando, está siendo asfixiada por las mentiras universales. Me enojo al escuchar tanta alevosía. Mi libro no me convence para abandonar el espionaje. Continúo escuchando sus voces hipnóticas y estimulantes. El relleno de estas, empero, es precario. “Yo siempre iba a buscarla. Un día la cruzamos, yo volvía en la moto, y me dijo (…)”. La tensión. Su tono, tan monocorde. Él no sufre, ni siquiera atraviesa el dolor, ni siquiera percibe su olor. No es reciliencia ni fortaleza, es desinterés. Su sensibilidad se extinguió en su niñez. Su trabajo, que extingue y deteriora su espíritu, lo vuelven triste. Oculto bajo capas y capas de virilidad impertérrita, yace en su inconsciente agonizando, cansado, derrotado, luego de haber reclamado algo de atención, de interés por su propio andamiaje emocional. Trabajan y su mundo se reduce a horas de actividad pragmática. Cuando se transportan hacia la realidad deciden escapar de ella. Deciden verla a través de sus pantallitas estimulantes. Todo es más fácil y divertido al alcance de la mano. Buscan el alivio en el sexo de sus cónyuges. Ella, para él, era un robot que abría su vagina metálica. El robot debía sonreír en todo momento para no incomodar a su amo, que le compraba las baterías para que no tuviera cortocircuitos histéricos. “Uno trabaja todo el día… y querés llegar a tu casa para estar con ella… con tus hijos, viste. Y que ella esté así… te la re baja”. Todo desciende. Su autoestima que desciende en su trabajo y en su psiquis, cava en la tierra un hoyo para arrojarse allí en el momento en el que llega a su hogar. Nada es lo que espera, y cada vez espera menos. Su palacio no luce como el de la familia Ingalls, ¿qué está haciendo mal? No puede tratarse de una meta imposible, las pubicidades modernas y actuales no mienten. Todo debe seguir igual, es el equilibrio con claras pero ocultas taras que nos mantiene civilizados. De lo contrario seríamos degenerados, barbarie, atrevidos, irrespetuosos. De lo contrario estaríamos perdidos. No sabríamos que hacer frente a la dudas. La entelequia de la felicidad lo reacomoda cuando comienza a sentirse incómodo en el asiento del tren. No logra ver su propio dolor. El de los demás es ostensible, claro e inaceptable. Su interlocutor lo acompaña incluso en las lagunas silenciosas que van sembrando en la conversación. “(…) me dijo ‘Yo me voy, ni aparezcás.” Lo escucho tiritando de frío. Las mañanas de enero vuelven veleidoso al tiempo. El frío y su conversación me hielan, me rodean de granizo. No percibo en su voz, en su relato, ni un ápice de cariño, odio, amor, rabia o enojo. No hay nada. Solo hay palabras que disfrazan los hechos. Musicaliza sus experiencias con su agradable voz. Es grave, incisiva, estruendosa. La imagino en mis oídos desnudos leyendome el libro que no puedo terminar por estar ensimismado en ser una chusma. Absorbo sus declaraciones. Soy el juez que no puede hacer nada al respecto, soy el abogado de la mártir humillada verbalmente, soy el juzgado donde mis ideas determinan mi perspectiva.
“El nene tiene cinco, y ahora se cría sin mí… sin una familia”. Su dolor moral. Está dañado porque su colección de trofeos está dividida. No los tiene en su pedestal para enaltecerlos y desdeñarlos al mismo tiempo. No puede tomarse selfies con sus medallas, atadas con cadenas a las cuatro paredes cálidas de un hogar. Una calidez propia de un volcán. El infierno a ella la cocinaba y desprendía un aroma tan deliciosamente convencional que la obligaba a quedarse. Él presencia la escena. Es el asador de la familia. Los domingos mira el fútbol atiborrado de emoción y sumisión. Cuando ofrece la carne al resto de su familia, es el héroe. El aplauso para el asador es otro de sus premios predilectos. La escena infunde ternura hasta que el fuego comienza a dejar quemaduras cada vez más notorias. Los incendios asedian el cuerpo. Escapar y los dilemas. Dubitativa, una noche decide atravesar las llamas para dejar de arder y comenzar a brillar. Pero nadie quiere a las estrellas demasiado refulgentes. Acaparan la atención y no dejan ver cómo River mete un gol en el último minuto. Estrellita, continúa sirviendo la comida que cuando lo hacés tu espíritu se agota y deja de molestar. No te vayas, o contarán de vos en el tren lo egoísta, orgullosa, desalmada e independiente que sos. Te arriesgas a ser la protagonista de conversaciones y confabulaciones. Vas a ser la responsable de los insomnios de tu dueño, robot vaginal. No hagas que pierda el control remoto con el que te ordena y te cautiva, el hombre moderno sin él es un niño moderno.
Serás la heroína con pinta de puta. No te molesta porque pensás. Serás la villana que se volvió malévola sin que sepan el por qué. Alimentar la lengua ajena a fuerza de habladurías puede volverse divertido. Ella en mi imaginación voló cuando le prohibieron tener alas. Él la mira desaparecer paulatinamente en el aire. Se aleja cada vez más y su figura se vuelve cada vez más inexpugnable. Se vuelve fría para los demás mientras intenta descifrar que parte del cielo recorrer primero. Hay un freno. El tren termina en Moreno. Mi libro me observa, las oraciones pueden ver cómo trabaja mi mente. Doblo delicadamente la esquina de una página para volver a ella luego. Ellos se van, recorrerán la monótona superficie. El destino de ella la obligará a evadir nubes grises y tormentas problemáticas. Su travesía comenzó. Su devenir será el resultado de lo que haga con ella.

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